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Historia

Desde mayo de 2014 el Casino Principal de Guadalajara ha iniciado una nueva época en una andadura histórica que ya supera las seis décadas. Los socios de la entidad decidieron dar un giro hacia la profesionalización de la gestión, externalizando estas labores con un grupo empresarial de probada trayectoria en estas labores.

Así, la firma "Gestión Integral y Patrimonial Casino" es desde entonces la encargada de administrar el funcionamiento de las dos sedes del Casino (el edificio social de la calle Mayor y el Club de Campo), realizar la gestión comercial, y organizar las distintas actividades y eventos.

El nuevo proyecto de gestión del casino incluye la realización de importantes obras de mejora en sus instalaciones, y el incremento de la cartera de servicios, todo con el fin de aumentar la satisfacción del socio con su casino "de siempre", aunque sin perder el espíritu de una institución con la solera del Casino Principal, referente de la vida social y cultural de Guadalajara, y de cuya historia somos orgullosos depositarios.

 

Historia de medio siglo del Casino

Artículo escrito por D. Salvador Toquero Cortes, que se publicó en el número 4.471 del semanario "El Decano de Guadalajara” (26 de julio de 2002) con motivo del  50 aniversario del Casino Principal de Guadalajara

El Casino de Guadalajara celebra en 2002 el cincuentenario de la inauguración del edificio que actualmente conocemos. El anterior fue incendiado en los primeros días de la Guerra Civil. Terminada la contienda bélica, el Ayuntamiento concedía la licencia de obras, con fecha 17 de mayo de 1950. El 29 de ese mismo mes y año, el gobernador civil, Juan Casas, autorizaba también la construcción de una sala de proyecciones en su planta baja, que se acometió al mismo tiempo que el resto del inmueble. Dos años después, el 28 de noviembre de 1952, se procedía a su inauguración, siendo su presidente el doctor Pedro Sanz Vázquez. Han pasado más de 50 años desde entonces, aunque Guadalajara contó con un casino en la calle Mayor Alta, números 36 y 38, desde mediados del siglo XIX. A principios del siglo XX se llegó a realizar un proyecto para un nuevo casino a construir en la plaza de Santo Domingo, que finalmente no se llevó a cabo, decidiéndose ampliar y reformar el de la calle Mayor, en unas obras que se llevaron a cabo 1929.

En los casinos, surgidos en su mayoría entre finales del siglo XVII y principios del XX, se remansaba la vida. Las horas tenían sesenta minutos y, a veces, hasta parecía que más. No había prisa. Los relojes con tapa pretenciosa dormitaban en el fondo del bolsillo del chaleco, con oficio más de aparentar que de ser útiles…

En los casinos, en sus listas de socios, se alineaba una clase social acotada entre una mesocracia acomodada y una aristocracia asequible, aceptando que lo temporal tomara oficio de tamiz en lo extraordinario de algunas situaciones. Hasta que se estableciera ese antes y después que supuso la Guerra Civil del 36, al casino no iban los obreros de alpargata y blusa. Ni les gustaba a ellos, que se autoexcluían sin protesta, ni gustaba a los de dentro, a los de detrás de los generosos ventanales, empañados en invierno con el calor confortable de la calefacción y el denso olor a puro, porque la ideología y el dinero siempre han sido parámetros palpables de una frontera social tan real como difusa. El obrero tenía un círculo con más conciencia de clase que de gremio, periódicos de poco costo, naipes ajados por el uso, algún tablero de ajedrez, estufa de leña, y humo con olor a picadura o a cigarro de hebra, capaz de reventar el pulmón más aguerrido.

La vida del casino se acotaba entre la sala de lectura (con los periódicos más importantes o más leídos de la época), la de juegos, y el salón o rincón de la tertulia. Era aquí, en esta zona, donde el casino adquiría su más cualificada dimensión: sobre el peluche ajado o el veterano cuero de divanes y sillones se hablaba de lo divino y de lo humano. Se constituía como un parlamento paralelo a los que regían la vida oficial de la ciudad. De él salían proyectos y censuras, respaldo de conductas o despiadadas críticas, porque de todo había en la viña del Señor, sobre todo cuando el color político tenía alguna oreja.

Después, el paso del tiempo, el acelerado ritmo de la vida y el fenómeno televisivo trasvasaron a mucha gente desde el casino hacia el hogar, hasta ir reduciéndolos a una parcela de juego donde hay más humo que dinero; a refugio de jubilados con horas sin ocupación a la espalda, o como simple escarparte para el resto de una sociedad que parece tener demasiada prisa y que sigue entendiendo el casino como reducto de gente acomodada, pasada de años, liberada de la esclavitud de los relojes, y con esa especial filosofía de haberlo vivido casi todo.

Los casinos que aún perviven por nuestra geografía nacional acusan esta realidad social y tienen que hacer grandes equilibrios, y hasta sacrificios económicos, para cuadrar unos presupuestos llevados a asambleas con escasísima asistencia de socios, habitualmente dispuestos a la bonachona aprobación de la gestión de la junta directiva, a cambio de que la cosa continúe, sin tener que asumir la responsabilidad de integrarse en aquella.

Si el Casino de Guadalajara permanece vivo, se debe entre otras cosas a que ha sabido contar con un patrimonio inmobiliario (edificio social y el club de campo), de valor muy estimable, que le permitió normalizar la amortización de sus préstamos.

Igualmente, entró en la modernidad desdoblando la oferta social, con el casino de sabor tradicional, en pleno corazón de la ciudad, y el Club de Campo, de indudable atractivo para la juventud y la práctica del deporte (pistas de tenis todo el año y piscina en tiempo de verano) y con un emplazamiento estratégico. El Casino abrió también sus puertas y su lista de socios a la mujer, con perfecta integración en su vida.

En lo económico, fue positivo dotar tanto al Casino, como al Club de Campo, de sendos bares-restaurantes, con acceso libre a los mismos. Sin olvidar que el Casino ha incidido, con su salón de actos, en la vida cultural de la ciudad, con organización propia o colaboración con otros estamentos.  

DE LA MANO DE LA HISTORIA

Pero tomemos el camino de la historia buscando unos orígenes, que si son claros y precisos para seguir la trayectoria del Casino actual, se desdibujan lamentablemente en el intento de seguir la huella del viejo casino, incendiado en julio de 1936, y con él, toda la documentación existente.

Sabemos, por un proyecto de estatuto de 1905, y por el semanario "Flores y Abejas", que a la fundación de éste, en julio de 1896, ya existía el Casino en el que se desarrollaba una intensa actividad social. Podía establecerse, aunque sólo por vía de aproximación, que su constitución se acotaría en un tiempo próximo a 1850.

Su emplazamiento era el mismo que el actual, en edificio de dos plantas y con amplios ventanales a la calle Mayor y al antiguo y desaparecido callejón del Carmen, que concluía en la plaza del mismo nombre.

De su vida social hay amplia referencia, pudiendo establecerse, con todo rigor, que era principal centro de convivencia e impulso de la vida recreativa y cultural de Guadalajara. De sus bailes y verbenas queda amplia huella, sobre todo de las programadas para el tiempo de verano, iniciadas con la de la noche de San Pedro, en el jardín del que sabemos, que en la celebrada el 13 de julio de 1902, se inauguraba el nuevo alumbrado, consistente en globos de cristal esmerilado, sobre artísticos brazos de hierro, respondiendo a iniciativa y proyecto del ilustrado comandante de Ingenieros, señor Valenzuela.

De feliz casualidad puede calificarse la circunstancia de que se haya conservado el borrador de la lista de socios, correspondiente al primero de julio de 1936, última que se confeccionaría, y cuyo original sería pasto de las llamas en el incendio provocado durante la Guerra Civil.

A los 417 socios existentes en la lista anterior se sumaban 19 altas y se deducían 15 bajas, con un resultado final de 421. El simple recorrido del listado permite asegurar que en el Casino, de manera irrefutable, se daba cita un fidelísimo muestrario de lo que era la sociedad de la Guadalajara que vio el comienzo de la Guerra. Muchos de ellos, concluida aquella, y por razones obvias, no volverían a figurar en la misma.

Eran socios de honor: “El Excelentísimo Señor Conde Romanones, los Excelentísimos Señores Gobernador Civil y Gobernador Militar; Ilustrísimos Señores Presidentes de la Diputación; Presidente de la Audiencia; Señor Fiscal; Señor Juez de Instrucción; Señor Delegado de Hacienda; Señor Alcalde Presidente del Excelentísimo Ayuntamiento de Guadalajara; Señor Coronel de la Academia de Ingenieros, y el Teniente Coronel del Centro Electrotécnico”.

La lista de socios de número se iniciaba con estos cinco nombres: Antonio Boixareu, Antonio Pajares, Hilario Sopeña, Rafael Alba y Vicente Madrigal. La de accidentales con voto, con Eduardo Castañs, Manuel Medrano, Antonio Sánchez, Justiniano Gaspar laurín y Francisco Nuñez. La de accidentales sin voto, con Alfonso Moreno, José María Zabía, Arturo Pacios, Valentín Mochales y Manuel Panero.  

LA REFUNDACIÓN

Concluida la Guerra, un grupo de antiguos socios promueve una reunión que permita el replanteamiento de la refundación de la sociedad, y hasta la reconstrucción del viejo casino. La comisión convocante la constituye como presidente Luis Cordavias, a quien acompañan José María Gallego, Mariano Boixareu, Saturnino Marco Ávila y Bernardo Sobrino. La reunión tiene lugar el 24 de julio de 1939, y el acuerdo es que se constituyan en comisión gestora.  

El 29 de septiembre del mismo año se autoriza a la comisión para que negocie la adquisición de una casa contigua al solar del casino, y a propuesta del señor Sánchez López, se acuerda la elección de nueva Junta Directiva, que queda integrada del siguiente modo: Presidente, Antonio Moscos; vicepresidente, Luis Cordavias; tesorero, Bernardo Sobrino; contador, Enrique Sánchez; bibliotecario, Juan Diges; secretario, José María Gallego; vocales, Adolfo Garcés, Juan Antonio Sáez, Ángel Díaz y Enrique Fluiters.

El 20 de agosto de 1940 se celebra nueva Junta General, adoptándose el acuerdo, por unanimidad, de constituir nueva Junta Directiva, con el especial encargo de gestionar la construcción de un nuevo casino, aprovechando el solar del antiguo edificio y la casa aneja al mismo. Se estructura dicha Junta del siguiente modo: Presidente, Enrique Fluiters Aguado; vicepresidente, Victoriano de la Calle y Silos; tesorero, Florencio Perrote Fernández; contador, Juan Pablo Elegido; bibliotecario, Pedro Sanz Vázquez; secretario, Rafael García Martín; vocales, Antonio Viejo Antón, Bernardo Sobrino Martínez, Agustín García Manzano y Julio Luis Cordavias.

En juntas posteriores se continúan las gestiones para construir la casa aneja que se utiliza como sede mediante el pago de la correspondiente renta, así como para impulsar la reconstrucción del Casino, aunque se choca siempre con la misma dificultad: la carencia de recursos económicos.

Tras algún tiempo de utilización de dicha vivienda como domicilio social, se resuelve trasladar éste a los locales que, a muy pocos metros, ocupa la “Cafetería Minaya”.  

El 8 de marzo de 1948 se resuelve abordar la reconstrucción del Casino, a pesar de las grandes dificultades económicas, confiando la gestión correspondiente a una nueva Junta Directiva que se constituirá tras la Asamblea General del 12 de abril siguiente, y que quedará integrada del siguiente modo: Presidente, Pedro Sanz Vázquez; vicepresidente, Evaristo Fuertes Machín; secretario, Manuel Ramos García-Pintado; tesorero, Mario Delgado Yrigaray; contador, Andrés José Quemada; bibliotecario, José de Juan García Ruiz; vocales, Luis Olivares Diez, Manuel Herrero Baena, Victoriano Elechiguerra y Tomás Taberné Tenaguillo.

En el curso de esta Asamblea General se toma el acuerdo de abordar definitivamente la reconstrucción del Casino, recurriendo a la suscripción del siguiente crédito.  

El segundo semestre de 1948, y los primeros meses de 1949, registran una gran actividad de la Junta Directiva, dedicada especialmente a la reconstrucción del antiguo edificio social y a la búsqueda de la financiación correspondiente. Destaca el acuerdo a que se llega con el arquitecto Antonio Labrada Chércoles para que confeccione proyecto, así como la búsqueda de financiación para la misma, utilizando, como garantía de préstamo, el inmueble del Teatro Liceo y el Jardín de Fiestas, y si fuera necesario, la del mismo edificio a construir.

Todo este programa se lleva como propuesta a una Junta General que se celebra el 6 de junio de 1949, con gran asistencia de socios, en el Teatro Liceo, y que es aprobado por unanimidad, así como la autorización al presidente para que firme cuantos documentos sean necesarios, incluido el de adquisición de la vivienda que, con carácter provisional, ha venido siendo utilizada como domicilio social.

En Junta General de 3 de marzo de 1950, aunque no hay saldo en su tesorería y sí algunos acreedores, se acuerda el inicio de las obras mediante la suscripción de dos créditos con el Banco Hipotecario de España: uno por 300.000 y otro por 1.200.000 pesetas, ofreciendo como garantía del primero el inmueble del teatro y del segundo, el edificio en construcción. Las obras se inician a mediados de este mismo 1950, y son confiadas al constructor Joaquín Pérez, al arquitecto José María Rodríguez y a los aparejadores señores Carnicero y Cobo.

El 28 de noviembre de 1952 era inaugurado, con inversión de 2.887.952 pesetas, más 507.730 pesetas en su instalación interior. La Junta Directiva que había visto la feliz culminación estaba integrada del siguiente modo: Presidente, Pedro Sanz Vázquez, vicepresidente, Evaristo Fuentes Machín; secretario, Manuel Ramos Díaz-Pintado; tesorero, Mario Delgado Yrigaray; contador, Andrés José Quemada; bibliotecario, José de Juan García Ruiz; y vocales, Luis Olivares García y Manuel Herrero Baena. Se nombre como administrador de la sociedad a José Zamora Cuadrado.

HACIA EL CLUB DE CAMPO

La sociedad, en aras de un desdoblamiento en la oferta a sus socios, programa la construcción de su actual Club de Campo unos años después. El 5 de abril de 1972 se adquiere una parcela en la margen derecha de la N-320, extramuros de la ciudad, con 80.000 m2 de extensión por un importe de 3.500.000 pesetas. Las obras se inician el 25 de mayo siguiente, para concluir a finales de 1975.  

En la parte edificada, de 40.000 m2, se invierten 34.811.384 de pesetas, y 1.527.103 en las pistas de tenis, vestuario y piscinas. Con subvención de 750.000 pesetas de la Delegación Nacional de Educación Física y Deportes, que gestiona su delegado provincial, también socio y directivo, Amador Rodríguez Ayuso. La construcción de ambos edificios (Casino y Club de Campo), además de la suscripción de los necesarios créditos, requiere la paulatina enajenación del inmueble de la sociedad.

En 1972 se vende al Banco Popular lo que fuera el antiguo “Cine Victoria” y el local colindante (exposición Taberné), en 16.750.000 pesetas. Y en 1974, el solar del jardín, a Confecciones Villalba, por 9.300.000 pesetas. El importe obtenido por ambas se dedica a la amortización de créditos para la construcción del Club de Campo. Anteriormente, en 1952, para pago de deudas se había vendido el Liceo a Luis Cascajero Roa en 1.300.000 pesetas, quien más tarde cedería sus derechos a Rafael González. En 1983 y 1999 se venden los locales restantes de la planta baja.

LA SOCIEDAD HOY

A 31 de diciembre de 2001, existen 1.015 socios, con incorporación creciente de mujeres -experiencia pionera en todos los casinos de España- y con dos de ellas formando parte de la Junta Directiva. Se gestiona un presupuesto nivelado de más de 41 millones de pesetas. La instalación del Club de Campo registra un razonable grado de ocupación por parte de los socios, con una utilización masiva de las pistas de tenis. En el edificio social de la calle Mayor, además de bar-restaurante, existe salón de actos, sala de juegos, televisión y zona de lectura y tertulia, actividad está de reciente implantación, pero que viene registrando una saludable aceptación e incremento por la variedad, liberalidad y corrección con que se tratan los temas, siempre de espontáneo e imprevisible planteamiento. Desde noviembre de 1952 hasta el presente año 2002 han pasado 111 socios por su Junta Directiva, y siete presidentes: Pedro Sanz Vázquez, Samuel Nuñez-Castelo, Miguel Viejo Fluiters, Antonio Vicenti Aguado, José Luis García San Jacinto, José Mª Palacín Agreda y José Zamora Cuadrado, correspondiendo al primero y al último cerca del 90 por ciento del tiempo de mandato de este medio siglo. La actual Junta Directiva se estructura del siguiente modo: Presidente, José Zamora Cuadrado; vicepresidente, Julián Blanco Calvo; tesorero, José Castrillo González; interventor, Manuel García Villarrubia Gutiérrez; bibliotecario, José Vicente Gamo Ruiz; vocales, Antonio Sáez Pobre (personal), José Luis Moreno Pérez (jardinería, piscina y juegos), Ascensión de Blas de Mingo (actos culturales), Francisco Sánchez peña (bares, restaurantes y fiestas), Carlos Cuenca García Alcañiz (deportes), Pilar Hierro Martínez (conservación de edificios); el secretario, Emiliano García Román.

Medio siglo de esfuerzo colectivo, de buena, eficaz y altruista gestión. Medio siglo de oferta lúdica atractiva, serena e indiscriminada. Es la pequeña historia de un casino de capital de provincia, que se ha empeñado en sobrevivir, ganando permanentemente una batalla que muchos ya han perdido o pierden cada día.

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